martes, marzo 25, 2008

Hombre más alto del mundo ya tiene carro hecho a su medida


Con 2.56 metros de altura se le hacía muy difícil al ucraniano Leonid Stadnyk el tener un carro, por lo que el presidente de su país, Víctor Yushchenko, le regaló un automóvil especialmente diseñado para una persona de sus proporciones. (Veanlo)


sábado, marzo 15, 2008

A propósito de la Semana Santa


Por: Hugo Supo

Hace poco asistí a un encuentro de la que todavía se puede considerar Iglesia del Sur Andino, cuyos sacerdotes, laicos y demás creyentes trabajaron en los ochenta y parte de los noventa inclinados en la Teología de la Liberación, acompañando a los marginados del ande peruano, en su quehacer social y reivindicativo en busca de la lucha contra la pobreza.

En ese cónclave de amigos, quedé aún más convencido de que realmente la actual iglesia católica, apostólica y romana, va en declive, pues su institucionalidad –tan admirada por mucho tiempo- está en grave riesgo. Lo digo, y lo certifican muchos otros, que cada vez, menos gente esta dispuesta a seguir yendo a los templos, ya sea a escuchar misa, bautizarse, o alguna liturgia ocasional.

Lo que sucede –como lo reflexionamos en aquella oportunidad- es que esta iglesia ha sido tomada por sectores muy conservadores de la “clase sacerdotal”, a quienes poco parece importarles la fe del pueblo, y en cambio tratan de atropellarse con ella, arrimándose en vano en sus dogmas que ni ellos se atreven a cumplir.

El ejemplo más cercano y escandaloso de lo que sucede en Puno (Perú), es la reciente denuncia de los vecinos del distrito de Vilque (Puno), que han descubierto al chileno Luis Claudio Ahumada Cornejo, llevándose “tesorillos” del templo San Martín, junto a sus dos ayudantes.

En este caso, la iglesia representada por el obispo Jorge Carrión Plavlichs, ha reaccionado lejos de lo que la lógica humana hubiera imaginado, prohibiendo toda actividad religiosa –extiéndase católica- en esa localidad.

Lo que pasa es que el señor Pavlichs piensa que castiga a ese pueblo, cuando quizás lo que les hace es un favor, negándoles la posibilidad de tener a otro religioso –y los hay muchos- que reemplace al presunto ladrón.

Nos muestra además una cara demoníaca de Dios, suponiéndose representante del señor en esta existencia, lo sensato de parte del prelado hubiera sido que inicie una etapa de acercamiento a la población, o quizás atinadamente, decir que el tema se aclare conforme avancen las investigaciones, y no defender enceguecidamente a un presunto ladrón que tuvo que vestirse con sotana para robar, amenazar, y “cholear”.

Empero, no fue así, ya que Carrión dispuso la prohibición citada líneas arriba, ocasionado con ello repulsión generalizada contra la institución católica. Más allá de si los vilqueños necesitan de un cura para relacionarse con Dios –queda claro que no es así- el tema es que si después del escandaloso pasaje habrá más o igual número de seguidores del catolicismo en ese distrito.

Regresando a la idea inicial, con el anterior ejemplo, y muchos otros que podemos relatarles, podemos graficar claramente que la Iglesia Católica esta irremediablemente condenada a desaparecer como institución, más no así la fe, que se ha mantenido firme en su diversidad de expresiones por muchos milenios, pese a la persecución fascista de parte de los que dizque tienen más autoridad en el diálogo con Dios.

Creo que ha llegado el tiempo de despojarnos de los dogmas que nos han dictado al inconsciente, falsas normas que nos hacen aceptar a ladrones, violadores, mentirosos y otro tipo de lacras como representantes del Señor.

¿Nos prohibieron una misa?, ¿Y quién la necesita?, puedo sentarme solo en mi cuarto y hablar directamente con Dios, sin falsos representantes de él en la tierra, sin intermediarios que lo único que han hecho es aprovechar su posición para intereses propios. Nada más lejos del mensaje de Jesús.

Para finalizar, a Vilque y a todos, que pasen una Semana Santa de recogimiento, reflexión, paz, y cercanía a nuestro Dios.

miércoles, febrero 27, 2008

Voy a extrañarlos. Pero estaré mejor así

Por: Hugo Supo

No imaginé que perderlos me provocaría tanta calma, y por momentos hasta alivio. No recuerdo, -quiero decir- que no me di cuenta de cómo es que me separé de ellos. Fue un martes por la noche, como cualquiera de estas últimas semanas. Iba de camino de regreso a casa, luego de salir del trabajo, fue en ese transcurso, estoy seguro.

Un amigo me acompañaba por esas andadas callejeras de vuelta a mi cama, charlábamos de mujeres, de su reciente viaje a Lima, de nuestras pequeñas aspiraciones para el siguiente fin de semana. Hemos hablado de todo un poco.

A finales de febrero, Puno, tiene noches frías y lluviosas. Por las calles corren riachuelos de agua de alguna tormenta que suele suceder. Y era una de esas noches en las que provoca meterse rápido entre las sábanas, ver televisión, y dejar que el mundo exterior siga dando vueltas a su propio ritmo, sin nuestra presencia.

Solía fijarme mucho en los tres celulares que llevaba conmigo, y casi siempre tenia cuidado para no olvidarme de ellos, no los abandonaba. Por su parte, ellos eran mis aliados más fraternos en mi trabajo periodístico.

Pero, esa noche no me fijé, salí, caminé, hablé, reí, saludé a conocidos, pensé, y recordé malas y buenas experiencias de los últimos meses de mi vida (suelo hacerlo mientras camino). Y sólo al ingresar a casa, recordé que uso la luz de uno de esos aparatos para alumbrar en el vacío callejón, resultando que ambos nos habíamos abandonado para siempre.

Se trataba del celular que la empresa me dio para coordinar en mi trabajo, traté de recuperarlo en un par de ocasiones, pero, la nueva dueña no quiso regresármelo. El otro, que también perdí, es el que usaba para mis asuntos personales. Ambos se fueron de mí, en el segundo caso, por decisión de este servidor, quien prefirió dejarlo reciclado, hasta que quizás algún día retome su uso.

Ahora, me acompaño con el último que me queda, al que por cierto, también pienso dejar en las próximas semanas, pues me he dado cuenta que aunque es difícil sobrevivir sin ellos, podré acostumbrarme a no escuchar esos timbrecillos, muchas veces molestosos.

Según estudios hechos por científicos en Londres (Inglaterra), el uso de los celulares podría generar problemas en la salud de las personas, y hasta un futuro cáncer del que podría –imagino- no salir vivo.

Pero, más allá de mis intentos por salvaguardar mi estado de salud, prefiero pensar que dejé los celulares porque el no tenerlos me ha dado la tranquilidad que semanas antes no la tenia.

Si pues, los timbres muy bien diferenciados de los tres, muchas veces me ha dejado noches de desvelo, o me ha transportado hasta mundos de incertidumbre, cuando algún número no identificado marcaba para dejarme hablar con el silencio. Es más, me daba cierto miedo el anuncio de Telefónica, ya que a partir del cinco de abril, será más difícil memorizar otro digito en nuestros números.

Ahora no. He dejado atrás esas preocupaciones, y duermo tranquilo sin timbre que espante mis sueños, y sin el peligro de acostumbrarme a ellos, más de lo que ya estaba. Hasta siempre chicos, los llevaré en mis recuerdos hasta que decida cambiar de número.

sábado, enero 19, 2008

A veces sirvo de caballo



Por: Hugo Supo

Suena el despertador del celular, salto de la cama en calzoncillos, para evitar que siga chillando, y aunque sólo fueron segundos, mi hijo esta despierto y dispuesto a no dejarme tiempo para más dormilona. Es sábado aún, y hay que trabajar.

Resignado, regreso a echarme en la cama, él viene de la suya, y me utiliza como su caballo, me cabalga, por los rincones más recónditos de su inocente imaginación. Ignora de las discusiones nocturnas con su madre, o como dicen los estudiosos, lo sabe, pero, disimula muy bien.

Le doy un beso, mientras él me abraza en una posición medio incomoda, siempre cabalgando al equino de su padre, le hago cosquillas en las axilas, carcajea, y me vuelve a abrazar.

Con menos de cuatro años, como tiene él ahora yo no podía haber hecho lo que este niño si. Me ha armado un rompecabezas de cien piezas sin mayor dificultad, me ha dibujado en su cuaderno, y me ha pintado el cabello de color morado. Me ha dicho que está enamorado, aunque poco sabe de mujeres, y sexo.

La flojera se ha adueñado de mí, y entonces decido quedarme en cama, sirviendo de potro amansando para el pequeño. Me duele el estomago, y le pido –mas bien, le ordeno- que se retire, no me hace caso, se ríe, y me sigue cabalgando. No hay remedio, me reacomodo y sigo echado.

Luego de media hora de caballazos, se retira, pues es la hora del desayuno, baja de la cama, corre, y se sienta en su silla preferida para tomar la mazamorra morada; claro, hay que alcanzarle además, pan, y mermelada de fresa, al Principito.

Suena mi celular, mi hijo deja de comer, se dirige a la mesa, coge el aparato, y me lo alcanza.

- Te llaman, me dice,
- Gracias, bebé, le respondo.

Era mi jefe, le explico que no podré llegar temprano, me comprende, y cuelgo la llamada. Seguimos comiendo el pan con mermelada, mientras en la tele pasan la repetición de un programa infantil de Bolivia.

Ya es hora, mi tiempo se acorta, y los rayos del sol me desesperan. Me cambio de ropa, me mojo el cabello, me pongo un gorro, cojo la mochila con mis cachivaches, y me apresto a la despedida.

- ¿Dónde vas papito?, me pregunta,
- A trabajar, para tu guitarra, le explico recordando mi promesa.

Me agacho hasta su altura, me abraza, me da un beso, y me dice chau, le respondo igual. Le recuerdo que lo quiero hasta el azul del cielo, se ríe, y vuelve a sus quehaceres matutinos. Cierro la puerta, pienso en lo feliz que me hace tenerlo, camino a la calle, y confirmó que nunca quise dejarlo de tener.

sábado, enero 12, 2008

Aquella noche del adiós


Por: Hugo Supo

Quiso llorar sin que nadie se diera cuenta. Sus pupilas se humedecieron como si estuviera a punto de repetirse el bíblico diluvio entre sus rojizas mejillas, pero, no pudo, o mas bien, convendría decir, no quiso hacerlo frente al resto. Así que salió, se apresuró en caminar. Por momentos, parecía como si fuera a vomitar en algún baño cercano, caminaba agachadito, casi corriendo.

El cielo se le había adelantado. Caían gotas de lluvia, que no tardaron en empaparlo. No importó, pues siguió huyendo por las inundadas calles de la ciudad. Sus manos eran firmes, parecía que marchaba, como si rabia e impotencia fuera lo que escondiera detrás de esas lagrimas entremezcladas con agua del turbión.

Consultó la hora en su reloj tipo collar que había comprado en la cachina dos días antes. Eran las ocho de la noche, y en la ciudad ya no circulaba gente por la torrencial lluvia que la azotaba. Sólo, las atropelladas combis iban de norte a sur, y viceversa, algunos a velocidad tan exagerada, que cuando pasaban por algún charco, empapaban al incauto que osaba caminar por esas aceras.

Mojado hasta las pantorrillas del pantalón, seguía caminando con rumbo que ni él sabia decidir. Dobló una esquina, caminó la cuadra, y volvió a doblar otra esquina. Sin duda, el verdadero laberinto del que no podía salir estaba en su mente, en su sentir.

Por su rostro caía el agua de lluvia, y quien sabe, las lágrimas que quisieron escapar antes. Su mano derecha enjugó sus mejillas, mientras, trataba de reordenar su desorientada mirada. Paró, y volvió a caminar como si hubiera decidido su destino.

Raúl, un joven de ventitantos años, de procedencia provinciana, no había vivido lo suficiente, como para comprender la desilusión de la primera traición. Trabajaba como asistente administración en una empresita dedicada a la venta de muebles. La noche aquella, su “palomita” como llamaba a su novia Gladys, había sido descubierta por él, en tremendo manoseo con un desconocido. El mundo se le hizo mierda. No lo podía creer. Así que huyó.

A dieciséis cuadras de donde esa noche estaba Raúl, en la misma mueblería donde se ganaba el sencillo para su soñado matrimonio con Gladys, la tormenta había empezado a cesar, las calles se habían convertido en riachuelos pequeños, que dejaban intransitable esas vías. Ella, marcaba al celular de Raúl, pero, éste no respondía, ninguna explicación o consuelo valía en ese momento.

Gladys, tenía veintisiete años, pero, curiosamente lucia como de veinte. Su esponjado cabello le hacía parecer que tuviera la cabeza más grande de lo normal. Esa noche, vestía blue jean, una casaca gruesa color blanco, que ayudaba a iluminar esa coqueta mirada.

Si, sus ojos, parecía que sonreían todo el tiempo, aunque sus labios estuvieran melancólicos, las pupilas de esta “palomita” llenaban de alegría cualquier aposento.

Desde pequeña había vivido lejos de sus padres, la vida es difícil, hay que saber ganársela, solía decir, mientras le sonreía a algún cuarentón, en quien había fijado su nuevo blanco. Su concepto era simple: Olvidar, y tratar a los amigos de ayer como los enemigos de hoy. Por momentos, su bella figura, se combinaba con una maliciosa intención de dañar a propósito a los incautos, como si se tratara de una loba herida.

Sus días transitaban así, hasta que al cumplir veinticuatro, Raúl, se le cruzó en el camino. Se enamoraron sinceramente, pero, las malas mañas, no pudieron desprenderse de ella. A pesar de sus profundos sentimientos para con él, siempre cometía el mismo error, aunque ahora lo hacia con mayor precaución.

Esa noche, pudo evitarlo, pero, las circunstancias le jugaron una mala pasada. Un nuevo enamorado, a quien estaba a punto de sacarle un billetón, le había hecho caer en su propia trampa, llevándole donde Raúl.


Enfurecido, Raúl, seguía caminando, estaba cerca del río, en las afueras de ciudad, pero, lo hacia con más calma que antes, la rabia pasaba como la lluvia, después de mojar sus tormentosos pensamientos.

El paisaje del río, siempre le había atraído como un imán a su metal más preferido; Raúl, no sabia, si permanecer allí, o correr a algún paraje desconocido, pues, seguramente Gladys, le buscaría allí. Tan bien como se conocían los dos.

Tan pronto como se decidió, volteó la mirada, y quiso echarse a andar. Entonces, dio cuenta, que ella estaba a unos pasos, como esperándole en medio de sus vergüenzas. Ambos se miraron fijamente, habrán sido simplemente, milésimas de un segundo.

Las palabras faltaron en esa ocasión, él, herido en sus profundidades, atinó a caminar sin murmuraciones, y ella, quedó estática, abandonada con sus confusas emociones. Se traspasaron, y dejaron que cada historia fluya por sus propios rumbos.

Han pasado diez años desde esa noche. Raúl, radica ahora en otra ciudad, tiene una hija de tres años, y esposa. Gladys, por su parte, no se ha vuelto a enamorar, pero, persiste con sus andadas, aunque el negocio ha bajado, tanto como ha subido su edad.


Y cuando cae tormenta, cuando el agua baja a cantaros del cielo, ambos se recuerdan, miran el horizonte, y a veces suspiran al mismo tiempo.